TOSTÓN STUDIO

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Este es mi cuaderno. Un espacio donde comparto reflexiones, descubrimientos y observaciones sobre diseño, tendencias y cultura visual. Cada artículo es un fragmento de pensamiento suelto: léelo, salta, o vuelve después.

Soy Judit, de Tostón Studio. Me interesan las tendencias de comportamiento, el posmodernismo y la sociología, y exploro cómo todo ello confluye y se refleja en mi trabajo y en la creación de marcas.



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CUADERNO UN APUNTE SOBRE LO PERSONAL
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UN APUNTE SOBRE LO PERSONAL


Seguimos nuestra expedición por las obsesiones del mercado. Hoy: cómo una inicial puede hacerte sentir cosas. 

Si estás lanzando una marca, tal vez te sirve para saber en qué mar estás nadando.

Starbucks popularizó el gesto de escribir tu nombre (mal) en el vasito de café. Y aunque sepamos, porque lo sabemos, que detrás de esa pregunta no hay interés ni atención —solo un procedimiento industrial con espuma de leche de avena y cero contacto visual—, ese gesto mínimo y calculado basta para hacernos sentir vistas. 

Vivimos entre dos fuerzas que se contradicen: por un lado, la producción en cadena; por el otro, el deseo creciente de diferenciarnos. Entre ambos polos, es natural que lo personalizado se sirva en bandeja de plata. Y si es francesa, mejor.

La idea de tener algo único, hecho para ti, solo tuyo, nos activa un interruptor primitivo que va directo a alguna herida, no sé a cuál.

La personalización es como una trampa sin malas intenciones. Como el olor a pan recién hecho en el súper: no es del todo real, pero vaya si funciona. En medio del vacío, de la masa y de las frases encima de atardeceres, queremos que algo nos diga: esto eres tú.

Nos sentimos importantes si algo lleva nuestra inicial: la funda del móvil, el necesser del duty free, la cuchara sopera. Es un gesto simple, casi infantil, pero eficaz. Aunque haya 27.000 copias. Personalizar vende. No por lo exclusivo, sino por lo emocional.

Dentro de la uniformidad y la estética monocroma, lo que parece “hecho solo para ti” se vuelve oro. Casi sagrado. Un altar portátil al ego entre tanto ‘pack ahorro’ de Shein. (Y yo, la primera víctima.)

Por eso proliferan los objetos-espejo: las zapatillas en tu combinación exacta de colores, el perfume que promete adaptarse a tu pH, la playlist que sabe que los miércoles lloras. 

Todo se adapta.

Se acomoda.

Te llama por tu nombre.

No buscamos (solo) lujo. Buscamos reconocimiento. Plasmar nuestro ADN en ese bolso de piel que nos enterrará. La microcaricia de saber que algo te ha tenido en cuenta. Aunque sea en un checkout. 

¿Es una estrategia de mercado? Sí.

¿Funciona? Como un reloj suizo.

(Y cuanto más lo sabes, mejor puedes usarlo.)




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